26.8.09

Inadvertido



Nadie se enteró de mí,
nadie.

Deje caer el frío de mis ojos
en los transeúntes sin destino,
y nadie supo corresponder
toda la atención que les prestaba.

A veces, soplaba fuerte
entre las faldas de las prostitutas callejeras
y a penas y sentían algo diferente.

Mis esfuerzos eran cenizas viejas
de cuerpos olvidados y sin nombre.

Ni mi sombra confundiendo los semáforos
los hizo voltear la vista o preocuparse.

Nadie se enteró nunca de nada.

Todos, perdidos, caminan hacia ningún lado,
hacia ninguna parte y yo, en esta esquina,
columpiando mis deseos como un niño.

Las moscas, sí;
también algunas golondrinas.
Ellas fueron mi única compañía.

Mis palabras se fueron quedando quietas.

Aprendí del humo de algún cigarrillo
que la soledad es más profunda
cuando hay tanta gente cerca,
sin buscarnos.

Entonces, al compás de algunas gotas de lluvia,
decidí alzar el vuelo, escapar de este sitio,
esperando que al abrir mis alas, alguien notara mi ausencia,
o mi presencia...

Pero en ésta ciudad, como en otras tantas,
nadie repara en palabras desnudas en protesta,
nadie advierte el valor de una promesa.

Por ello, aunque grité mis dolores en el tráfico,
nadie se entero de mi tristeza,
sólo algunas moscas
y unas cuantas golondrinas.



David E. Alvarado
El Salvador
©2009 DEARmente

13.8.09

Breve aparición


Debo admitir que guardar silencio
puede ser tan nocivo como
decir lo mismo
sin descanso.

Algunos placeres pueden ser,
al final, demasiado dolorosos.

No importa cuan difusas
parezcan mis ideas,
todas convergen con el ánimo adecuado.
Ser polvo, o un poco más que eso,
no me exime de algunas consecuencias.

Culpar a alguien más por todas mis desavenencias
sería negar que mis instintos son tan auténticos
como el más ilustre de mis razonamientos.

Hago cuentas con la historia,
un balance de todos mis esfuerzos
y resulta que, a pesar de todo,
mi déficit está lejos de acabar.

Algún día, dejaré de ser un miembro involuntario de la vida,
por ahora, me aferro a la minúscula idea de ser un voluntario,
sin lágrimas ni quejas.

He decidido terminar mis cartas sin destinatario
para poder volver a escribir esas palabras deliciosas
que siempre me llevan a alguna alcoba.

La piel, mi piel, lo necesita.

No sé si debo pedir disculpas.

Aparecer así, de improvisto,
podría generar alguna queja generalizada,
y lo entiendo.

Sin embargo, en estas circunstancias,
apagar el silencio de una bocanada,
o con un verso tan breve como equivocado,
me parece simplemente necesario
ante tanto desconcierto.

David E. Alvarado
El Salvador
©2009 DEARmente